"Cast your eyes on the ocean
Cast your soul to the sea
When the dark night seems endless
Please remember me"
Dante's Prayer - The Book of Secrets - Loreena McKennitt
Sola yo, amor, y vos quién sabe dónde; tu recuerdo me mece como al maíz el viento y te traigo en el tiempo, recorro los caminos, me río a carcajadas y somos los dos juntos otra vez, junto al agua. Y somos los dos juntos otra vez, bajo el cielo estrellado en el monte, de noche. Yo, amor, he aprendido a coser con tu nombre, voy juntando mis días, mis minutos, mis horas con tu hilo de letras. Me he vuelto alfarera y he creado vasijas para guardar momentos. Me he soltado en tormenta y trueno y lloro de rabia por no tenerte cerca, en viento me he cambiado, en brisa, en agua fresca y azoto, mojo, salto buscándote en el tiempo de un futuro que tiene la fuerza de tu fuerza.
Al llegar a Estambul sentí que todo me era familiar y acogedor; al marchar supe que me había quedado prendada de una ciudad diferente.
Cuando una ciudad es durante más de 1.500 años capital de hasta tres imperios, algo debe tener y algo le debe quedar. Estambul, Bizancio, Constantinopla... distintos nombres para distintas ciudades que se superponen en un prodigioso montón de historia y belleza; encrucijada de culturas, gentes y mares.
Istambul es sin duda una de las ciudades más hermosas e interesantes de Europa, ciudad que cautiva, un viaje que nadie debería dejar de hacer al menos una vez en su vida, como los buenos musulmanes han de ir a la Meca; perderse y embriagarse con el penetrante perfume de esta metrópoli. Ciudad poliédrica, mística, pujante, cosmopolita… Estambul y sus palacios, sus harenes, derviches, minaretes, cementerios…
Su nombre me es familiar desde la infancia, en el colegio me enseñaron un poema “La Canción del pirata”, de José de Espronceda, aquél que dice, en su segunda estrofa: “Asia a un lado, al otro Europa, / y allá a su frente Stambul”.
Orhan Pamuk comienza su libro “ Estambul, ciudad y recuerdos” con una sencilla cita del poeta, también turco, Ahmet Rasim: “La belleza del paisaje está en su amargura”
Me faltan frases para explicarla, quizás por la cantidad de imágenes que me gustaría ver convertidas en palabras, o por la frustración al reconocer mis limitaciones para transmitir con toda fidelidad las sensaciones que produce una ciudad como esta.
Rasim y Pamuk, y tal vez buena parte de los estambulíes, saben de su paisaje que lo que realmente la hace bella e incomparable es su amargura. Pero una amargura que, lejos de entristecer, sobrecoge y nos hace sentir parte de algo increíblemente vivo.
Afirma Madame Stael “viajar es el más triste de los placeres”. Realmente comenzamos el viaje cuando nos creemos ya de regreso.
Me envuelvo en tu recuerdo como en nieblas secretas que me apartan del mundo. En la calle sonrío al amigo que pasa, y nadie, nunca nadie adivinó mi muerte bajo aquella sonrisa ni el frío sin consuelo de mis ojos que ciegan pidiendo de los tuyos más desdén, más veneno. Ahora que la tarde se derrumba en las sombras, y que el libro de versos resbala por mis manos, ahora que la lluvia llora por los cristales de mi ventana, y llanto va a caer de mis ojos, antes de que una mano encienda la dorada llama de mi quinqué, dime si tú no sueñas en tu balcón, ahora que la lluvia nos une a los dos con sus lágrimas, o si sobre el teclado de tu piano oscuro agoniza Chopin bajo tus manos trémulas. Nunca sabrás el loco deseo que me tortura de cautivar tus labios bajo mi boca ávida, y sentir el latido de tu sien en mi mano aprisionada como un pájaro aterido. Pero no sabrás nunca nada de mi deseo. Nada de cuando pienso desgarrar con mis dientes los azules canales de tus venas y juntos morirnos desangrados, confundidas las sangres. Pero estamos ajenos. Yo sigo en mi ventana, y tú soñando en otro mientras Chopin suspira, ahora que aún no arde en mi quinqué la luz y que a los dos nos une la lluvia con sus lágrimas.