
En un mundo sin melancolía,
los ruiseñores se pondrían a eruptar.
E. M. Cioran
La horma
Sucede en esos días,
cuando la piel del alma se te gira
como se le da vuelta a un calcetín,
que desnudo se queda el ser, expuesto
a un cielo gris que retiene la luz
y oscurece el verdor de la esperanza,
al aguijón ruidoso de las voces
inflamando el silencio de veneno,
a esa espesura de engrudo que toma
la memoria asfixiando los recuerdos,
al prurito de los remordimientos
—aunque la única culpa sea seguir viviendo.
Sucede en esos días,
que huelen mal las alcantarillas del olvido,
como el desagradable olor a pies
—los doloridos y cansados pies
que atrás dejaron los pasos perdidos—;
y todo esfuerzo es vano
porque sabes que ya lo hiciste todo
pero sientes que aún todo está por hacer.
Sucede en esos días,
que los árboles no proyectan sombras
pero uno ve las sombras sin los cuerpos
y todas son como la del ciprés.
Sucede en esos días,
que a los ojos no acude ni una lágrima,
porque de nada sirve
y hay que guardar, pues uno nunca sabe
cuanto le queda aún por llorar.
Sucede en estos días,
que uno mataría por caridad —o amistad—,
y se dejaría morir con la condición
de que alguien le pudiera asegurar
que lo de Buda fue sólo una historia
y si no, que él estaba equivocado.
Sucede en esos días,
que es la vida un calzado
del que te rozan todas las costuras.
Y, sin embargo, aún da de sí...
—otra vuelta de tuerca
sintiendo como la horma intenta reventarla.
© Joan Kunz, 2004
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